La ‘Causa del Sombrerero’, el trágico suceso que llevó el nombre de Priego a todos los periódicos del país

El 16 de septiembre de 1899 se celebraba en Priego una corrida de toros con motivo de las fiestas patronales en honor al Cristo de la Caridad. En un momento dado, y sin saberse por qué, Leocadio y Emilio, vecinos de Priego y Cuenca respectivamente, empezaron a discutir en las gradas del coso mientras tenía lugar el espectáculo taurino. La pelea alcanzó tal vehemencia que Emilio sacó un cuchillo y apuñaló al joven Leocadio, provocándole la muerte.

Los hechos que ahora reproduce Las Cuatro Esquinas dieron lugar a uno de los episodios más trágicos de la historia reciente de Priego, pues la muerte de este hombre se quiso vengar atacando a personas que ninguna responsabilidad habían tenido en el fatal desenlace. El relato de lo que ocurrió tras el apuñalamiento fue ampliamente detallado por El Progreso Conquense, un periódico provincial que publicó varias cartas escritas por las personas que fueron perseguidas por un grupo de violentos que quiso vengar la muerte de su vecino.

Según El Correo Español, los agentes de la Guardia Civil evitaron en un primer momento que se linchara al hombre que todos señalaban como culpable del homicidio, conduciéndolo a prisión por haber indicios de que él había cometido el crimen. Con el ánimo todavía encendido, algunos vecinos de Priego, conscientes de que el asesino procedía de Cuenca capital, se rebelaron contra los ciudadanos conquenses e incluso pidieron sus cabezas, de acuerdo a las informaciones publicadas por el periódico más influyente de la época, El Liberal, que llevaba estos acontecimientos en su primera página: “Muerto Leocadio, se amotinó el pueblo, yendo en busca de los conquenses, por ser vecino de Cuenca el matador, pidiendo sus cabezas”.

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El público asiste a una corrida de toros en Priego. Fotografía tomada décadas después del hecho narrado en este artículo. | Facilitada por Arturo Culebras, autor del libro Priego, una recuperación histórica a través de la fotografía.

Mientras recorrían las calles para dar caza a los paisanos del asesino, los pricenses se percataron de que dos de ellos se habían escondido en casa de Francisco Falero, dirigiéndose hasta allí para exigir la entrega de los conquenses. Quienes habían buscado auxilio en este lugar eran Federico Viejobueno y Antonio Llantada, dos vecinos de Cuenca que se encerraron en el desván de la vivienda para no ser vistos por la turba, que comenzó a lanzar piedras contra la fachada del edificio. La rabia del “populacho” fue en aumento al ver que nadie salía de aquella casa cerrada a cal y canto, ante lo cual, algunas personas treparon “por los balcones” y consiguieron acceder al interior del inmueble, “rompiendo cuadros, muebles y cuanto encontraron al paso”, según contó el periódico El País, que aseguró que estos actos de hostigamiento ocurrieron “en presencia de los guardias, el alcalde y el juez municipal”. En el interior de la vivienda asaltada se encontraban, además de Antonio y Federico, “un comandante de Sanidad Militar, un sacerdote, una señora, varios niños y otras personas que, al comprender el peligro que corrían, se arrojaron por un balcón huyendo de aquellas tierras”.

Los pricenses amotinados destrozaron la casa de Francisco Falero pero no encontraron ni rastro de los conquenses, que permanecieron escondidos en el desván hasta las tres de la madrugada del día siguiente, cuando escucharon unos ruidos en el tejado que les hicieron sentir demasiado próxima la presencia de los violentos. Fue entonces cuando salieron a toda prisa a buscar ayuda a casa del señor Cobian, teniente de la Guardia Civil, donde fueron recibidos, cuchillo en mano, por dos criados. Así lo contó el propio Federico Viejobueno en una carta enviada a El Progreso Conquense: “Los criados, al presentarse la pareja que patrullaba por la calle, se disculparon en decir que me habían confundido con el criminal, salvando mi vida milagrosamente y merced a la oportuna llegada de la pareja, siendo tanto mi infortunio en aquellos momentos que hasta la perra me acometió, destrozándome la americana. Al poco tiempo acudió el señor Cobian al lugar del suceso, al que di cuenta exacta de cuanto nos ocurría, exponiéndole mi deseo de guarecerme en su morada por no creer encontrar otro sitio más seguro, a lo que el señor Cobian manifestó sería esto una temeridad, y conceptuaba estaría más seguro en el cuartel de la fuerza, donde después de disfrazarme con unos pantalones y una boina fui acompañado con una pareja de la benemérita al referido edificio”.

Finalmente, a la una de la madrugada del 18 de septiembre, Federico fue escoltado hasta Torralba por agentes de la Guardia Civil de este pueblo y de Albalate de las Nogueras.

Por su parte, Antonio Llantada también pidió auxilio a los guardias pero, según denunció él mismo posteriormente, se negaron a ayudarle porque ello les pondría en un compromiso ante los vecinos de Priego. “En vista del abandono de las autoridades, salió solo a través de los campos hasta La Frontera”, donde asegura que fue recibido con hospitalidad y múltiples atenciones, según El Liberal.

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La plaza de toros de Priego, con capacidad para 2.000 asistentes, fue testigo del trágico acontecimiento. Fotografía tomada décadas después del hecho narrado en este artículo. | Facilitada por Arturo Culebras, autor del libro Priego, una recuperación histórica a través de la fotografía.

Aunque ya hubieran pasado dos días desde que se produjo el asesinato de Leocadio, la insatisfacción no era menor entre los violentos, pues seguían sin consumar su venganza. La mayoría de los forasteros, al presenciar el motín, “evacuaron el pueblo en treinta minutos, abandonando algunos de los equipajes y sin pagar la cuenta en la posada”, de acuerdo a lo publicado por La Izquierda Dinástica. Por lo tanto, ya quedaban en Priego pocas personas cuya cara no resultara familiar.

Ante esta situación de rabia y frustración, los exaltados arremetieron contra la familia de Antonio Llantada. El hombre, al ser objetivo prioritario de la turba enfurecida, huyó de Priego en cuanto pudo, como ya se ha dicho antes, pero sus seres queridos seguían en el pueblo, entre ellos su mujer, que pidió ayuda al alcalde por estar gravemente enferma. En una carta publicada por El Progreso Conquense, Antonio criticó al regidor pricense por negar la ayuda que su esposa le pidió hasta en cuatro ocasiones. Finalmente, la señora fue auxiliada por el padre del muerto, que se apiadó de ella y la acompañó en su huida para que pudiera salir del pueblo por detrás de la iglesia. Según la versión de Antonio, el resto de su familia y amigos no pudieron escapar porque así lo prohibió el alcalde.

Se desconoce si todas estas personas retenidas sufrieron algún tipo de represalia, pero sí se sabe, porque así se contó en la prensa, que quien al final pagó las consecuencias fue un hombre tan inocente como los demás. Los exaltados, creyendo que habían encontrado a un conquense, apalearon a un hombre que, en realidad, era vecino de Cañizares, donde ejercía como cirujano. Para cuando quisieron darse cuenta de su equivocación, ya habían dejado malherido a este pobre señor, que afortunadamente salvó la vida.

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Vista general de Priego, tomada a principios del siglo XX, poco después del motín contra los conquenses. | Fotografía: Priego.es.

El papel de las autoridades políticas y militares fue muy criticado por las víctimas de esta persecución, que las acusaron de no impedir el linchamiento que sufrieron, cuyas consecuencias podrían haber sido mucho más graves si los amotinados hubieran cumplido su propósito de “quemar las casas donde se habían refugiado los conquenses”. En cambio, el alcalde de Priego negó la mayor y defendió su gestión en todo momento, y El Liberal y La Izquierda Dinástica publicaron que la Guardia Civil “luchó a brazo partido” contra los amotinados “para evitar que estos consumaran sus propósitos”. Se sabe que el gobernador de Cuenca pidió explicaciones para esclarecer cuál fue la posición de las autoridades locales, pero no se sabe en qué concluyó aquella investigación.

Emilio, apodado El Sombrerero, fue juzgado en un procedimiento judicial que acaparó una gran atención mediática. El acusado reconoció que discutió con Leocadio y que lo mató, pero dijo haberlo hecho en defensa propia. Este detalle era trascendental, pues algunos testigos aseguraban que Emilio, tras discutir con la víctima, fue al pueblo a comprar un cuchillo y esperó a que el joven saliera de la plaza para asesinarlo, lo cual hubiera implicado el agravante de premeditación. Los dos jurados que analizaron las pruebas existentes decidieron que no hubo premeditación y que Emilio actuó en defensa propia, por lo que fue absuelto. Fue así como lo contó el Heraldo de Madrid al conocerse la sentencia el 31 de agosto: “En la causa llamada del sombrerero, revisada por nuevo Jurado, éste, como el anterior, ha absuelto al procesado. La defensa ha estado a gran altura, siendo muy felicitados el letrado y el procesado. La opinión se muestra satisfecha del veredicto. El hecho, del cual ya tienen conocimiento los lectores del HERALDO, consistió en haber dado muerte en la plaza de toros de Priego a un mozo apodado el Capitán, siendo el autor el Sombrerero; pero en la vista se ha demostrado que obró en defensa propia”.

 

Puede leer otros artículos sobre hechos históricos ocurridos en Priego pinchando aquí.

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