Carta del redactor: La única muerte que podemos evitar es la de nuestro pueblo

Recuerdo perfectamente cómo empezaba todo. Alguien, casi siempre Arturo (el monitor deportivo al que despidió improcedentemente el Ayuntamiento), se montaba en la cabeza una película de la leche y nos la contaba con pelos y señales: “Buah, ya veréis qué bien va a quedar el mercadillo medieval con las ovejas, el burro para que los niños den paseos, los feriantes, el tiovivo de madera… y por la noche los conciertos. Yo he hablado con unos amigos que tienen un grupo y seguramente podrían venir… ¿Vendemos bocadillos de panceta o solo bebida?”. Mientras Arturo nos contaba toda esa historia –posiblemente en alguna sala de las Escuelas Viejas y al término de uno de los ensayos de Delicatessen– nosotros íbamos imaginando cómo sería toda aquella fiesta y, sobre todo, lo que costaría organizarla.

Pero daba igual. Arturo nos echaba la correa al cuello y tiraba de nosotros. Como ese amigo que un viernes por la tarde te insiste doscientas veces hasta que consigue que te levantes del sofá y te vayas con él a tomar una cerveza. Y te levantas porque sabes que el sofá seguirá ahí, frente al televisor, aunque pasen mil quinientos años. Pero las personas y el tiempo desaparecen. Nadie, ni siquiera tu tiempo (el tuyo), sobrevive a un sofá. Él puede esperar, pero lo demás no.

Si no era Arturo quien tenía la idea mágica, era Raquel. Raquelilla, posiblemente la única mujer cantera que vayas a conocer en toda tu vida, que levanta piedras ella solita que ni los esclavos del antiguo Egipto.

Cuando nos poníamos manos a la obra, a rodar la película que había surgido de todas nuestras cabecitas, siempre nos encontrábamos con los mismos inconvenientes: Que si esa calle no se puede cortar, que si el Ayuntamiento no tiene dinero, que si ayer se acababa el plazo para pedir la subvención de Diputación, que si solo podéis hacer ruido hasta las tres de la madrugada, que si la gente no quiere quitar su coche, que si lo hacemos en el chorrillo o en La Plaza… La primera vez que organizas un evento así te das cuenta de que lo único malo que tiene el sofá es que se te clavan los muelles en la chepa.

Cuando ya lo tienes todo atado, empieza el segundo reto: conseguir dinero y convencer a la gente para que ayude. Es entonces cuando nos recorríamos todos los comercios del pueblo pidiéndoles que, por favor, pagaran entre 20 y 50 euros por anunciarse en el cartel. La mayoría, me atrevería a decir que el 90%, siempre estuvieron dispuestos a ayudar, pero otros te despachaban con un “NO” rotundo e incluso algunos te lanzaban a los leones: “¡Es que siempre estáis pidiendo y a mí eso que hacéis no me beneficia en nada!”.

¿Seguro que no? 

Quienes dan esta respuesta no saben ver más allá de la semana próxima. Creen que solamente si les montas el concierto en la puerta de su negocio van a recuperar los 30 euros que han pagado por anunciarse en el cartel. Lo que no alcanzan a ver son los beneficios que puedan conseguir a medio y largo plazo, en cuestión de tres o cuatro años. Si una actividad se consolida y se convierte en un éxito, como lo ha sido la carrera de la Subida a la Degollá, puede dejar importantes beneficios en los comercios del pueblo.

Los vecinos de Priego, y quienes nos visitan a menudo o de casualidad, necesitan sentir que este pueblo está vivo. Estar vivo significa que para cruzar la plaza del mercadillo tienes que ir esquivando carros de la compra, que cuando pasas por la puerta de la Seve huele a pan recién hecho, que en el bar Jose se están peleando a voces quienes cada tarde echan la partida, que al entrar en la Julia casi siempre tienes que retirar sus cortinillas de plástico porque casi siempre hay alguien que va a salir, que te cruces con el torete de los materiales de construcción, que en el BBVA haya alguien sacando dinero del cajero, que a los niños del parque se les escuche desde Los Claveles, que en julio y agosto La Plaza parezca un parque de atracciones infantil, que a las doce de la noche todavía se escuche desde la calle cómo Carlos y Susana parten las chuletas que te vas a comer al día siguiente, que la Valentina esté sentada en la puerta verde de su casa, que cada vez haya más valientes que se atreven a meter el pie en el baño del puente Liende, o que te encuentres con Toño en uno de los quinientos paseos que hace entre la droguería y la ferretería.

Ese es el ADN de Priego, su esencia, y está muy bien, pero lo podría haber escrito (con algo más de arte) uno de esos cronistas de prensa que se dedican a contar sus viajes por los pequeños pueblos de la España rural. Es una estampa que prácticamente no ha cambiado en los 26 años que tengo, y me encanta que se mantenga así y que incorpore nuevos y pintorescos detalles, como la frutería de Alicia, que ha montado un escaparate tan bonito que es capaz de ambientar toda La Plaza.

Pero no nos engañemos. La gente que vive en Priego todo el año, e incluso quienes lo visitan a menudo, posiblemente necesiten que la vida del pueblo se componga no solo de escenas entrañables como las que antes he descrito. Esa es una rutina que algunos echamos de menos cuando llevamos tiempo sin ella, pero es una rutina que también puede resultar asfixiante.

La otra vida que a todos nos gusta (o a casi todos), es la que rompe la rutina con actividades más o menos ingeniosas, o a veces nada ingeniosas –simplemente una tradición–, pero que se celebran cada mucho tiempo y se viven como si fueran un acontecimiento. Valga como ejemplo el belén viviente y la cabalgata de Reyes que este año organizaron varias asociaciones del pueblo: decenas de personas se movilizaron durante días para hacerlo posible. Es una tradición con la que muchas personas no comulgan, pero fue un acto bonito que implicó a mucha gente.

No a todo el mundo le gusta la música rock o folk, pero si este fin de semana se va a celebrar en Priego la primera edición del Rosas Festival, ¿qué hay de malo en acercarnos al Convento de El Rosal y tomarnos una cerveza o comernos un bocadillo para estar con nuestros vecinos un par de horas? Es una forma de cambiar de aires y de apoyar una de las pocas actividades sociales que surgen en este pueblo. A mí no me gusta esa música, pero a mi vecino sí, y a mí me apetece estar con mi vecino, así que para allá que voy. Si tus amigos no encuentran motivos para quedarse en un sitio, se acabarán marchando. ¿Te irás tú con ellos? No, posiblemente no. Posiblemente te quedarás en Priego, pero un poco más solo.

Un concierto, una escuela de verano, un mercadillo medieval, unas jornadas de cine al aire libre, los café-coloquios, las jornadas de encaje de bolillos, las clases de música, el coro, un teatro, que los jóvenes puedan tener un local para pasar las tardes (aunque entrañe riesgos y sea un gasto –ya ves tú qué gasto–), las actividades deportivas en el pabellón (que lleva cerrado prácticamente toda la legislatura), las jornadas alfareras, el día de los gancheros, los torneos de fútbol y voleyball… Son todas ellas actividades que se hacen o se han hecho en Priego, y es posible que a muchos de vosotros no os despierten ningún entusiasmo. Pues bien, señores, es aquí donde ustedes dejan de quejarse y entran en acción. Pueden hacer sus propuestas o ayudar a que las propuestas de los otros sean mejores. A lo mejor les toca sujetar un palo junto a un vecino que no les cae demasiado bien: Oye, lo mismo hasta se dan cuenta de que tampoco es tan tonto como ustedes pensaban… o descubren que incluso pueden cooperar sin necesidad de morderse. Descubrirán también que otros vecinos, a los que hasta entonces conocían poco, son más tontos de lo que creían: pero tampoco pasa nada, porque seguramente conocerán a otras personas maravillosas.

Y si no quieren implicarse tanto como para sujetar un palo y no morder a nadie, no importa, simplemente acompañen, estén presentes en esas actividades, arropen al que se ha dejado los cuernos haciendo algo que, en el fondo, está pensado para todos. Si no ayudan a organizar, de verdad, al menos déjense ver, intenten disfrutar de la actividad. Supongo que se pueden imaginar lo importante que es para los organizadores sentirse arropados, sentir el calor de la gente. Comerte el marrón tú solo es doloroso, pero si encima la actividad resulta un fracaso, se te quitan las ganas de hacer nada más.

Señores, que me estoy enrollando mucho y ya no sé ni cómo acabar este artículo y rehacerlo entero me da una pereza terrible: Por favor, hagan algo por su pueblo. Tengan ustedes la iniciativa o ayuden a quienes la tengan. Priego ha perdido más del 20% de su población en solo una década. Apenas hay nacimientos y se han ido muchísimas personas jóvenes. El pueblo empieza a morirse.

Si yo estuviera en el Ayuntamiento y tuviera que proponer tres acciones inmediatas para evitar que el pueblo siguiera perdiendo vida, serían las siguientes:

  1. Contratar a dos personas para que se encarguen de la ludoteca para niños pequeños y del local para adolescentes. Los jóvenes necesitan motivación y que alguien les anime a tener iniciativas. Son ellos los que después van a organizar muchas de las actividades que disfrutará el pueblo. Recordemos que el futuro empieza hoy.
  2. Poner en nómina al concejal de Cultura, Educación y Juventud para que trabaje como personal del Ayuntamiento. Esa persona tiene que estar dedicada exclusivamente a preparar proyectos, actividades, pedir subvenciones…
  3. Que a través del concejal de Cultura se convoque a todas las asociaciones del pueblo para que, de manera conjunta e individual, puedan participar en la realización de dichas actividades.

Además de parecer un pueblo con olor a estufa y el típico frutero simpático, Priego necesita parecer un pueblo vivo. Necesita serlo. Haced algo para que así sea. No ya por los demás, sino por vosotros mismos, que sois los que vais a sufrir las consecuencias.

Gabriel Arias es periodista, fundador y redactor de Las Cuatro Esquinas.

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Un comentario en “Carta del redactor: La única muerte que podemos evitar es la de nuestro pueblo

  1. El conjunto del pueblo no solo se compone de los lugares de ocio, el conjunto del pueblo es muy amplio, así como su término, de agricultura no hablamos nada, de las tierras en Abandono tampoco, de ganaderita si se habla no a las macro granjas, del autoconsumo de los pobladores todos los huertos en abandono total, y los corrales sin animales de autoconsumo, de nuestra ribera y nuestro río solo cuando nos bañamos en el puente liende, fabricas no tenemos ninguna, y el dinero no viene del cielo, exportaciones e importaciones. El poco dinero que entra en el pueblo, jubilados el solan, y navarro, y algo de agricultura y ganadería. Importaciones, estas no crean beneficios al pueblo, estas sacan del pueblo el poco dinero que entra.
    Las estructuras de exportación, hay poco que exportar, como lo hicieron en su día las fabricas que tenia, el personal tiene que obtener ingresos para luego gastárselo en lugares de recreo y ocio, de donde no hay no se puede sacar, el pueblo puede salir adelante creando estructuras de exportaciones para obtener dinero.

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