Carta del redactor: “Son cosas de niños… o no”

Este jueves 21 de diciembre se celebró en el Instituto de Priego una charla sobre acoso escolar y ciberacoso impartida por la Guardia Civil y abierta a la participación de cualquier persona. En realidad, la charla no llegó a celebrarse. A las siete de la tarde, que es cuando tendría que haber comenzado, el único público con el que contaban los agentes era una madre que sí se preocupó por este tema.

La Asociación de Madres y Padres (AMPA), que fue quien organizó el evento, se lo había comunicado a los padres de los estudiantes enviándoles un correo electrónico y mediante una hoja informativa que repartió entre los alumnos. Además, como la charla no solo estaba destinada a la comunidad educativa, sino que se pretendía el máximo de asistencia, Las Cuatro Esquinas publicó una noticia para que llegara a cuantas más personas mejor. Pero los esfuerzos fueron en vano: solo asistió una madre.

En septiembre, la AMPA había organizado otras dos charlas, esta vez sobre los valores de los jóvenes y sobre la relación entre padres e hijos. Tampoco hubo asistencia.

Dejemos a un lado a todas aquellas personas que no tienen hijos o que los tienen pero ya están bien creciditos. Quizá piensen que el tema no les afecta, pero se equivocan. Da igual, vamos a centrarnos en los padres y madres que tienen hijos en edad escolar. Que tienen hijos a los que cada día ven más grandes y guapos. Hijos a los que les cambia la voz por la noche mientras están callados. Hijos que, aunque parezca imposible, cambian más rápido por dentro que por fuera. Que cada vez lloran menos. Que ya no les cuentan (o ya no se les escapan) esos secretillos que tanto sirven a los padres para medir la inocencia de sus pequeños. Jóvenes que llegan a casa con olor a tabaco o con una mancha en el cuello que intentan esconder soltándose el pelo o colocándose una braga. En pleno mes de agosto.

Quizá ustedes piensen que su adulta perspicacia les ayudará en todo momento a saber en qué andan metidos sus hijos y qué se les pasa por la cabeza. Es posible; ustedes también han tenido infancia. Pero hay niños que son más complejos que los demás, y que posiblemente sean más complejos de lo que ustedes fueron. Esos niños guardan para sí detalles que pueden pasar desapercibidos si no se presta suficiente atención. Sus miradas, gestos, palabras y silencios nacen dentro, en las profundidades de su mundo interior, el mundo que han construido a base de experiencias: las que mantienen con sus amigos (si los tienen), con su familia, con sus profesores, con la sociedad y consigo mismo.

Esos detalles hay que saber interpretarlos porque quizá el niño necesite ayuda y nosotros deberíamos saber cómo dársela. Un chaval que sufre acoso escolar no lo reconoce abiertamente, ni siquiera ante sus padres. Y el acosador… ¿acaso creen que él sí les va a contar que insulta y pega a uno de sus compañeros de clase? Hay que estar atentos a la forma en que los jóvenes se relacionan con aquello que les rodea, saber detectar cuándo un niño abusa de su poder o cuándo tiene la autoestima por los suelos. ¿Ustedes sabrían darse cuenta? Y si fuera así, ¿qué harían?, ¿lo dejarían pasar como si fuera una conducta normal?, ¿quizá un comportamiento puntual asociado a la edad del pavo?

No solo sufren acoso escolar los jóvenes que a diario son víctimas de violencia física y verbal. El acoso escolar es algo mucho más sutil. Basta con que te llamen “gordo” o “marimacho” tres veces para que tú mismo te lo digas cada mañana. Basta con que se rían de ti porque “hueles mal” o “tus zapatillas tienen un agujero” para que entres con miedo y vergüenza al instituto.

Hace no mucho pregunté a una persona que conoce bien el Colegio de Priego si recordaba alguna situación de acoso escolar. Me dijo que no, pero lo que dijo no es cierto. En el Colegio de Priego, y en el Instituto, sí ha habido casos de acoso escolar. Hubo un niño que sufrió guantazos, patadas e insultos. No una sola vez, ni dos ni tres. Muchas. Y no se activó ningún protocolo. Desconozco si por aquel entonces existían protocolos más allá del sentido común de un adulto. Desconozco si en aquel momento había mucho sentido común. Lo que sí sé es que un aula vacía en la que se va a impartir una charla sobre acoso escolar, no demuestra mucho sentido común por parte de la comunidad educativa de esta comarca.

Gabriel Arias es redactor y
fundador de Las Cuatro Esquinas

(imagen de portada: Save The Children)
Cifras sobre el acoso escolar (2014-2015).

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Un comentario en “Carta del redactor: “Son cosas de niños… o no”

  1. Me parece impresionante pero, tristemente, no me sorprende. Quizá es que necesitan que se suicide alguien para considerar ‘acoso escolar’ lo que pasa en las aulas de este pueblo, me parece.

    Claro, nadie se fija en los rincones donde se amenaza a otro por estupideces. Los profesores no entienden por qué alguien insiste tanto en no sentarse en primera fila aunque sea el primero de la clase. Por suerte, su desconocimiento o desinterés no ha matado todavía a nadie. Aunque a veces, son los mismos profesores los que marcan a la presa, los que ponen la diana sobre una frente por su complejo de dioses con poder de cambiar el mundo.

    No, nada de esto me sorprende. No quieren oír ni quieren ver, ni cargar con la parte de culpa que les corresponde. Es más fácil poner ‘antisocial’ en el libro de notas y lavarse las manos con las que se tapan los oídos y corrigen a rojo los exámenes. Como si solo dolieran los golpes. Como si la indiferencia no hiciera más daño que cualquier otra cosa que puedan decirte. Sentirte como un loco que oye voces.

    Si tan bien conoce el anónimo el colegio de Priego, seguro que me conoce. Quizás tenga el valor de decirme a la cara que nunca hubo acoso escolar en las clases y mirarme a los ojos mientras lo hace. Probablemente sienta orgullo por lo bien que ha educado a los proyectos de adulto que se han sentado en sus pupitres.
    Una pena. Soy, junto con los que callan lo que vivieron por considerarlo indigno de mencionarse, una sombra en la pared. La que lloraba en el patio por ‘cosas de chavales’.

    Yo no tuve suerte. Nadie tuvo un protocolo ni un escudo para mí, nadie supo manejar la situación porque NO HABÍA situación. Me duele especialmente la negación de esa cierta persona que mencionas porque la hago mía. Es la mordaza que me pedía que guardara silencio, que borraba mi sufrimiento como si fuera aire. Porque son cosas de chavales. La indefensión. El miedo.

    Una pena, sí, que el sentido común no sea tan común como la gente cree.

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