Carta de opinión: “De la diligencia del Consistorio de Priego”

Séneca, gobernador de la provincia de Hispania durante el Imperio Romano, decía en su libro de la “Felicidad” que una forma de alcanzar la misma era a través de la impasibilidad ante las adversidades de la vida. Bien es verdad que un honorable romano, ante los infortunios como el honor mancillado, se practicaba una hendidura estomacal con la daga, para preservar su honor. La diligencia en los trámites administrativos en materia de asuntos sociales, o mejor, humanos, es una exigencia moral y cuando no legal.

Tras sus viajes a las islas Galápagos a bordo del Beagle, Charles Darwin formuló la teoría biológica de la “selección natural” en el siglo XIX y la expuso en su libro “El origen de las especies”. De la misma manera que un ganadero lleva a cabo la mejora de una clase vacuna, por ejemplo, mediante el cruce de especímenes, algo que ya se consigue mediante la manipulación genética, con el propósito de conseguir animales que produzcan mayor cantidad de leche, consumiendo menor cantidad de pasto, es decir, en aras de una mayor productividad, también en la naturaleza ocurre que aquellos individuos que mejor se adaptan al medio y que por su fuerza son más aptos para subsistir, perpetúan la especie, una especie más lograda, y por tanto también se produce una selección, sólo que en este caso transcurre de forma natural, mas no por la mano del hombre.

Fundamentándose en la teoría biológica anterior, Herbert Spencer desarrolló la teoría del “darwinismo social” en su libro “Social statics” unos años después. Del mismo modo que ocurre la selección natural, la sociedad también discrimina a los más aptos y que más aportan a la misma para su sostenibilidad y progreso. Aquí, es óbice, la mayor aptitud que se cuantifica es en términos de competitividad, porque la sociedad es una interacción entre ciudadanos, los cuales mantienen intereses enfrentados (prueba de ello es la existencia de los gobernadores para dirimir los conflictos). La aptitud seleccionada no es la humanidad, ni la buena voluntad, razón por la cuál existe el Derecho y si no, también estaría en situación de precariedad la misma sociedad. Y por ende, los políticos no entienden de moral, ni de bondad, la Política está preñada de utilidad. Stuart Mill, en su libro “On liberty”, así la define, el arte de la utilidad. Aquello que sea lo mejor para la mayoría, es lo políticamente correcto, aunque sea sacrificada una minoría. Aún más, ¿las ideologías representan a la mayoría realmente?.

Este criterio de progreso social en base a la competitividad tiene un nombre y es la “mercantilización” del ser humano. Si el ser humano es una mercancía, si se le considera en términos de utilidad, entonces la consecuencia no es otra que la desigualdad, por no hablar de esclavitud. Pero la igualdad es un derecho universal, un derecho constitucional y lo único que es razonable. “El ser humano es un fin en sí mismo y no un medio” para el beneficio de otro, afirma Kant. La utilidad, pues, no es moral, no es legal y no es racional. Y como corolario, no deben haber desfavorecidos ni desamparados por su mayor o menor utilidad para la sociedad. El Estado se creó como institución, precisamente, para velar por el ciudadano, no para subyugarlo (me remito a los iusnaturalistas desde el siglo XVII, como Thomas Hobbes, Locke o Rousseau). “De cada cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad”, sostenía Karl Marx.

¿Por qué Adolf Hitler suprimía a aquellos que carecían de utilidad a sus fines?. ¿Por qué algunos gobiernos piensan en la rentabilidad de postergar la edad de jubilación?. ¿Por qué la Seguridad Social no costeaba el tratamiento de la hepatitis hasta hace poco?. ¿Por qué se demora la atención de nuestros mayores en Priego?. No es una cuestión de solidaridad, es una cuestión de legalidad, es una cuestión de derecho.

Enrique García Pérez
Profesor de Filosofía y vicepresidente de la Plataforma Cívica “Priego Vivo”

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