Las verdaderas historias de Agapito Nakamura: “Cine al aire libre”

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Va cayendo la tarde y el calor de este viernes de agosto. Un gitano joven, con la barba negra de mil días, revisa en el carromato, dándole vueltas con un palo, el rollo de película que va a proyectar esta noche.

Su padre, con la barba negra de tres mil días, coloca una manta vieja sobre un farol cercano para que la plaza este más oscura, y dos de sus cinco hijas, muy jóvenes, morenas y sin barba, le sujetan la escalera medio desvencijada donde está subido.

Los vecinos del pueblo llegan poco a poco, los más mayores con una silla baja, los jóvenes se sentarán en el suelo.

El título: “Texas, tierra del oro”, del oeste como la mayoría. El personal ya está embelesado con la sabana colgada en la pared, que se va llenando de rayajos y números grandes pasando rápidamente.

A los veinte minutos de película, la cinta se prende fuego. Diez minutos más tarde de intentos por arreglarla y de la algarabía de los más jóvenes, deciden poner una de miedo: “La tarántula devoradora de vikingos”. A los quince minutos también sale ardiendo.

Nadie protesta, entre otras cosas porque no ha dado tiempo para pasar el plato y pagar la voluntad, ni siquiera para la rifa. Los mayores cogen sus sillas y se marchan a sus casas, los pequeños aprovechan para corretear un poco más por la plaza.

La familia numerosa de gitanos nómadas, recoge los “apechusques” en sus carromatos, resignados; esperan que mañana pinte mejor la noche.

Miguel Ángel Marquina

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