Priego, a treinta y tres metros

A treinta y tres metros de altura, Priego parece un pueblo grande. Es la altura ideal para que nada resulte demasiado pequeño (que es lo que suele ocurrir con el mundo cuando se ve desde un rascacielos) y para darnos cuenta de que las calles y las casas ocupan más espacio del que pensábamos. A treinta y tres metros de altura, Priego se ve más bonito porque le acompañan los campos de cebada que se descuelgan por la loma de sus montañas, la Degollá y el Rodenal. Y parece más bonito porque el río Escabas ha dibujado durante miles de años un valle que ahora está salpicado de huertos, chopos, casillas, almendros y manzanos.

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Vista parcial de Priego, tomada desde el campanario de la iglesia.

A treinta y tres metros de altura está el campanario de la iglesia. Es el punto más alto del pueblo, el lugar escogido por las palomas, las golondrinas, y alguna cigüeña ocasional, para observar la evolución (o involución) de los pricenses. Desde allí arriba han visto cómo en 2003 daban clase los primeros alumnos del nuevo instituto de Priego. Vieron también cómo engordaba un poco la carretera que baja y sube a Cañamares… y cómo se talaban decenas de olmos (¿o eran chopos?) para asfaltar el camino que lleva a Alcantud.

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Pequeño habitáculo desde el que se accede al campanario.

El campanario de la iglesia es el mejor sitio para seguir a la fuente de La Plaza en todos sus viajes. La fuente viajera (o Su Santidad La Fuente), estuvo antes en el parque Luis Ocaña, y antes de eso en la esquina del BBVA, y aún antes en La Plaza, en la que pudo ser colocada por primera vez en 1864.

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Las campanas de la iglesia, en posición antes de repicar la una de la tarde.

Las palomas más viejas de Priego seguramente recordarán haber visto desde la torre cómo muchos espabilados desmontaron pieza por pieza, sillar a sillar y teja a teja, el Convento del Rosal, la ermita de San Roque y el patíbulo. Y seguramente podrían sacarnos de dudas: ¿fue un patíbulo en el que se ejecutaba a buenos y malos… un faro que daba la bienvenida a Priego a quienes entraban por la calzada del puente Liende… o una pequeña ermita?

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Escaleras de caracola (las tripas de un caracol abultan mas que esto).

Sus compañeras de vuelo, las golondrinas, saben de lo que hablan cuando se refieren a la soledad del Torreón de Despeñaperros. Ni siquiera la más veterana de ellas recuerda cuándo fue construido, allá por el siglo XIII. Dicen que tenía tres torres y una enorme muralla con la que se protegían los árabes que habitaron esta fortaleza. Pero de ella solo se conserva un torreón y apenas unos cuantos cascotes que, por suerte, se libraron del expolio. Eso sí, de lo que no se han librado es de la indiferencia colectiva de quienes se echarán las manos cuando se resquebrajen sus muros, y sus sillares se precipiten al reino de las zarzas que pueblan La Canaleja.

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Estómago, bazo y tráquea del reloj de la iglesia.

Desde el punto más alto de Priego nos vigilan. Saben lo que hacemos. Pueden vernos a través de nuestras ventanas y controlan nuestro tiempo, el que dicta cada media hora el único reloj del que se fían los pricenses. Sean buenos; alguien les está observando.

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