Mariana Castellanos, la persona más anciana de Priego, cumple 102 años

Es domingo por la tarde. Pasan unos minutos de las cinco y Mariana Castellanos espera sentada en el banco que hay junto a la entrada de la Vivienda de Mayores. Le acompaña Paquita, que también reside en esta casa desde hace meses, aunque mucho menos tiempo del que lleva instalada su compañera. Mariana dice que no recuerda con exactitud cuándo se mudó (o la mudaron) a esta vivienda, pero asegura que fue hace muchos años. Y es aquí donde ha soplado velas hasta convertirse en la persona más anciana de Priego.

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Mariana, vestida de azul y acompañada por Paquita en la entrada de la Vivienda de Mayores.

El 29 de marzo cumplió 102 años. “No me encuentro mal, mira cómo estoy”, confiesa sonriendo. “No sé qué quieres, chica, con los años que tienes y cómo estás”, se dice así misma muchos días. Sonreír es algo que hará varias veces durante la entrevista, y también detener la conversación para hacer memoria mientras deja la mirada fija sobre el paisaje. No es que a Mariana le pesen los años -que también-. Es que recordar algunos detalles del pasado es retroceder a la Guerra Civil, a las hambrunas que siguieron a las bombas o a la Transición. Pero también es una mirada al pasado de nuestro pueblo, a la época en la que el monte estaba pelado porque los gancheros (entre ellos su marido) rodaban los troncos de los pinos hasta Aranjuez o Cuenca. O porque hasta el más pequeño de los arbustos servía para calentar los hornos de las alfarerías que daban de comer a 40 familias del pueblo. Una mirada a las fiestas de antaño en las que el plato fuerte eran los toros y en las que “todas las casas de la calle del arroyo estaban decoradas con ramas de olivo y tenían dulces”.

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Mariana Castellanos disfruta de sus 102 años y del sol de abril.

Mariana sí recuerda cómo fue su trabajo pelando mimbres. Y también lo recuerda Paquita, que la interrumpe para explicar que durante aquellos años en los que trabajó en esta industria sus manos nunca volvieron a ser como antes. Se le endurecieron y los dedos se alargaron, como si le hubieran crecido de tantas gavillas como agarró. Pero no todo fue trabajar. Mariana se felicita por haber tenido la oportunidad de estudiar en el colegio, “aunque no tanto como ahora”, dice refiriéndose a los jóvenes de hoy día. En aquellos años, añade, si te necesitaban en casa para que ayudases a tus padres, faltabas a las clases y los profesores lo entendían. Había necesidad. Y lo que ella necesita ahora es un andador que se arrastra sobre dos ruedas y dos pelotas de tenis. Y compañía, que, al fin y al cabo, es lo que necesitamos todos.

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